Netflix Vs HBO

Por Carlos Hevia

¿Se puede diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión y como medios de manipulación y adoctrinamiento?

Herbert Marcuse

 

Según un informe de Barlovento Comunicación con datos de Kantar media, los niños españoles entre cuatro y doce años pasan una media de dos horas y treinta y ocho minutos diarios viendo la televisión, educándose con la televisión, creciendo con ella, extrayendo sus conclusiones y construyendo una parte de su memoria sentimental. Quince minutos más que hace diez años y aumentando. Casi las mismas horas que pasan en el colegio. Y la televisión no es inocente, no es solo un negocio alrededor de la publicidad, tiene ideología. Ideología capitalista, claro. Por eso promueve valores como la competitividad o el consumismo a la vez que es condescendiente con el sistema de clases sociales, con la desigualdad o la pobreza. No animará a los niños a pensar que otra manera de organizar el mundo y las relaciones sea posible, no les incitará a la crítica ni mucho menos a la transgresión.

De niños que ven veinte o treinta horas de tele a la semana difícilmente surgirán adultos inconformistas. Crecerán sumisos y serán adultos dóciles, verán la caja tonta varias horas al día, se informarán y se divertirán con ella y seguirán cayendo en la trampa de una vida conformista, trabajo de nueve a cinco, coche, boda de blanco, hipoteca a cincuenta años, impuestos y planes de pensiones. Adultos satisfechos en su celda de la colmena y en su rutina productiva. Para ellos y ellas, hace unos meses que desembarcó en España Netflix, la plataforma de contenidos audiovisuales (series y películas) con 80 millones de abonados en todo el mundo.

NETFLIX: NO PERMITAS QUE LA REALIDAD DESTRUYA LA NOSTALGIA

Examinemos la premiada Stranger Things. La historia va de un monstruo que secuestra críos. El hombre del saco. El viejo cuento con el que se ha asustado a los chiquillos desde que se descubrió el fuego y se quiso evitar que vagabundearan en la oscuridad y acabaran como tentempié de las alimañas. Lo decía muy bien Leon Felipe: “Que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos y que el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos. Y yo, como él, se todos los cuentos”.

landscape-1486986380-stranger-things-mike-wheeler-2

Stranger Things está escrita por los gemelos Matt y Ross Duffer, dos jóvenes guionistas de escasa filmografía -Desconocidos (2015)- nacidos en 1984. En una entrevista para la revista Rolling Stone, los hermanos Duffer revelan que todo surgió a raíz de Prisioneros, el notable thriller de Denis Villeneuve estrenado en 2013. “Pensamos: ¿No habría sido esa película aún mejor con 8 horas en HBO o Netflix? Fue genial ver a esos personajes con ese tono en la gran pantalla, pero pensamos que necesitaba más. Así empezamos a hablar sobre una historia centrada en una persona desaparecida“. Cogimos esa idea de un niño perdido y la combinamos con la sensibilidad que tenemos nosotros, más infantil. Ya sabes, ¿podemos poner aquí un monstruo que se coma a la gente? Porque somos unos frikis, y niños en el fondo, pensamos que esto era lo mejor que se había hecho jamás“, recuerda Matt Duffer. Stranger Things ha sido un éxito, la serie más comentada del verano, pero lo cierto es que entre 15 y 20 cadenas rechazaron el proyecto.

Uno de los consejos que recibieron para poder llevar a cabo la serie fue: “Convertirla en un show para niños o hacerla sobre el personaje de Hopper, investigando actividad paranormal alrededor del pueblo. Hubo una semana donde estuvimos pensando: Esto no va a funcionar porque la gente no lo pilla“. Los guionistas y realizadores de Stranger Things acudieron al canal que, curiosamente, habían evitado porque pensaban que sólo querrían trabajar con “nombres de primer nivel como David Fincher“. Ingenuos.

960

El guión de Stranger Things es un ejercicio de explotación descarada de la nostalgia, el maná del que bebe Netflix en casi todas sus series. Nostalgia extensible a Dardeville, Luke Cage o Puño de Hierro. Los setenta, los ochenta, desde una superficialidad que abruma. La nostalgia no deja de ser una cálida bruma que inclina nuestra percepción del pasado mediante una manipulación de nuestros recuerdos. La nostalgia empaña la mente del espectador con una grata confusión.

La serie de los hermanos Duffer es amable, no muy compleja, no provoca arcadas, tan sólo pequeños sustos, tampoco te obliga a pensar, solo a odiar a los malos –porque son malos– y a querer que ganen los buenos. Adocenamiento en vena. En Stranger Things nadie cuestiona el sistema, tampoco se aborda ningún tema controvertido, ni se discute el statu quo. Técnicamente, son productos impecables, aunque les faltan verosimilitud y les sobran estereotipos. Así es la familia de Joyce Byers (Winona Rider), la excepción que confirma la regla de la bondad de la vida de clase media; una pobre divorciada que vive al margen de la comunidad, una vida doméstica desorganizada, pero con el coraje suficiente para alimentar a sus polluelos, empleándose en varios trabajos sin cualificar mientras su ex-marido y padre de sus hijos vive vida de golfo. Su ex marido también tendrá tiempo para la redención.

Al ser una serie para todos los públicos, se puede entender que no haya escenas de sexo. Se entiende que el sexo, natural y consustancial al hombre como animal se ha convertido en algo sucio y escabroso tras pasar por las represoras mentes de la religión, que envuelven sus propios tabús en palabrería pseudoeducativa.

La violencia, en cambio, si está permitida. No parece haber teorías pedagógicas que juzguen peligrosas las escenas explícitas de asesinatos a sangre fría para mentes en formación. Cierto que la violencia también es una condición del hombre, del buen salvaje, no así las armas sofisticadas. Las armas son el producto más infame y el negocio más sucio y obsceno de todos los que mueven el mundo, pero los señores de la guerra no cuentan las bajas, cuentan los dólares. Dólares para invertir en propaganda.

narcos-foto-trechosdelivros

Narcos es, hasta ahora, la joya de la corona de Netflix, su mayor éxito junto a Stranger Things y Daredeville. Tras ver sus dos temporadas, pervive la irritante sensación de que han contado lo que les ha dado la gana, obviando la verdad por el camino. La trama se centra en la caza de Pablo Escobar por el ejercito colombiano –corrupto– con la ayuda –crucial y bienintencionada– de agentes de la DEA absolutamente insobornables. Los norteamericanos asisten a esa guerra civil como si no fuera con ellos, como si no fueran sus consumidores los que inundaron de dólares Medellín y sus bancos, las lavanderías que lo blanqueaban. Como si la DEA y la CIA no fueran los principales instigadores y financiadores de los escuadrones de la muerte en toda Sudamérica, como si esas agencias respetaran la soberanía ni las fronteras. No tienen empacho en mostrar unas estructuras de poder viciadas, un gobierno colombiano inmoral, aliado con paramilitares para destruir al más forajido de los forajidos. Tampoco cuentan las viles maniobras de sus servicios secretos, ni harán una serie con el caso de Oliver North y su venta de armas a Irán para financiar a la Contra nicaragüense, ni  tampoco sobre su papel en el golpe de estado chileno. Pero sí enseñarán que, en Colombia, la integridad es una palabra desconocida y sin práctica. Sin embargo, si los gringos se saltan las leyes, es una cuestión anecdótica y de carácter individual. A nadie representa un policía vengativo transformado en llanero solitario, que hace lo que hay que hacer sin involucrar a sus jefes ni a sus estructuras de poder. Por ahí dejan aparecer algún agente de inteligencia que se mueve entre las sombras, insinúan que confraterniza con narcotraficantes, pero sólo para acabar con ellos y su corrupto negocio. Bullshit.

narcos-pablo-escobarNetflix ha convertido la nostalgia en una droga que aletarga nuestra percepción de la realidad. Nostalgia de los héroes y villanos pasados, de su sonido y su imagen.

Resulta muy difícil no sentirse cómplice de esa extraña y seductora Calipso que otorga a la historia, a nuestra propia historia, el misterio de lo desconocido, un misterio, sin embargo, perfectamente reconocible, pues a fin de cuentas, los espectadores también estuvieron allí. Y efectivamente,  la realidad era otra.

HBO: “MUÉSTRAME UN HÉROE Y TE ESCRIBIRÉ UNA TRAGEDIA”

Parafraseando a Aristóteles, HBO es tan amigo de sus espectadores como Netflix, pero a diferencia de éste, es más amigo de la verdad. Frente al lado luminoso de la calle donde Netflix nos salva del Mal, justo en la otra acera, en el callejón oscuro sin escapatoria, donde no da el sol, vive HBO. Una plataforma que al igual que Netflix produce y emite series y películas, propias o de otras productoras. Sin embargo, HBO no sirve puré, obliga a masticar y hacer la digestión. HBO hará remover al espectador incomodo en el sofá, lo inquietará, le mantendrá alerta. Contra la mediocridad y el relato acomodaticio de Netflix, HBO despereza conciencias, da un masaje enérgico que menea y retuerce huesos dejándolos doloridos pero atentos y vigilantes contra la manipulación.

The-WireLa mayor virtud de HBO es su despiadada voluntad de contar la verdad, tal y como fue. Los ochenta no resultaron tan maravillosos. El crack, el sida, Ronald Reagan. Ya estaban allí cuando los espectadores de Netflix aprendían a leer.

David Simon, un antiguo periodista de Baltimore, ha facturado varias de las series más realistas que hayamos visto hasta hoy. Como escritor había publicado un libro sobre los barrios de la droga, sobre la vida de camellos, drogotas y policías en los barrios negros de Baltimore titulado The Corner: A year in the Life of an Inner-City. Baltimore está considerada la capital de la heroína en EEUU. Según la agencia antidroga, la ciudad cuenta con 60.000 adictos a las drogas en una población de 655.000 habitantes, 40.000 de ellos heroinómanos. Sobre su libro y rodada en falso documental facturó su primera serie de cinco capítulos, The Corner. Un trabajo que hace visibles los estragos de la prohibición de la droga, en la que se palpa el dolor y la desesperanza de los parias, que saben que solo abandonarán esa cárcel sin barrotes con los pies por delante.

Sobre la base de The Corner y con los mismos actores, Simon filmó a continuación The Wire, unánimemente considerada por la crítica la mejor serie de la historia. Ya no es sólo una mirada compasiva a las esquinas, donde los yonkis afilan sus agujas, sino una disección a corazón abierto de la política, la educación, los sindicatos portuarios y el periodismo en una ciudad descompuesta por el paro, la pobreza y el racismo. Un retrato de la vida social en los suburbios de Baltimore en el que nadie sale guapo ni indemne; los periodistas mienten, los políticos roban y manipulan, los educadores intentan que los niños vayan cada día a la escuela y no acaben vendiendo droga. No es una historia plana, de lectura fácil como Narcos, con sus buenos y sus malos y las desventuras del bueno para atrapar al malo. En The Wire no hay buenos ni malos; estupas y camellos atraviesan cada día esa frontera ficticia que separa el bien del mal, comparten un ecosistema y respiran el mismo aire emponzoñado. No son el Capitán América, estos son polis reales, no están ahí para cuidar de nadie, no son ángeles de la guarda abiertos 24 horas. Son trabajadores mal pagados, puteados y apremiados por su superiores a resolver un tanto por ciento de delitos, el modo no importa, porque el alcalde quiere renovar mandato y necesita mejores números en las portadas de los periódicos. Y por supuesto el sexo es una de las monedas circulantes y en vigor.

colalge_647_080516120424

Con una serie Netflix al espectador no le costará entrecerrar los ojos y dejarse llevar por la modorra; casi nada de lo que cuenta se parece a la realidad. Al contrario que HBO. En The night of, el bisturí entra en el sistema judicial y penal de EEUU. Y lo que aparece debajo apesta, está podrido, sostenido por la rutina y el desprecio a la justicia. Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia. Así reza el lema que escribió Franscis Scott FitzGerald y que abre el frontispicio de la serie  Show me a hero, con la que David Simon nos lleva de viaje por el clasismo y el racismo, sobre la base de una historia real de pisos sociales en el Yonkers de los 70 y la tragedia de su alcalde, Jerry Wasicsko.

Será el espectador quien deba elegir, si quiere que el cine y la televisión continúen ayudando a cuestionar el mundo, a encontrar el rayo de luz en la espesura, a distinguir algo parecido a la verdad en el laberinto de confusión informada en el que vivimos, o si prefiere comprar la versión domesticada, esa que dice que el mundo está bien como está y que en lugar de quejarse debe entrar en el juego y apostar por el sistema, trabajar duro y de noche reclinarse en el sofá y disfrutar de una aventura que no le complique la vida.